Este artículo explora el deseo desde una perspectiva psicológica, ética y simbólica, cuestionando la idea de que podemos —o debemos— desearlo todo. A través del mito del Rey Midas, se advierte sobre los riesgos de un deseo sin límites, que puede convertir lo valioso en pérdida. Desde el enfoque del “no-todo”, se propone una mirada más humana y comunitaria del deseo: no como carencia a eliminar, sino como potencia a cuidar.
El texto invita a pensar el deseo como brújula, no como meta; como espacio de creación, no de consumo. Y plantea que, en contextos de crisis, el deseo ético puede ser una herramienta transformadora, tanto en la clínica como en la comunicación institucional y los vínculos sociales.
En tiempos donde el deseo se confunde con consumo, y la realización personal parece medirse en checklists, conviene detenernos a pensar: ¿qué deseamos cuando deseamos? ¿Y qué lugar ocupa el “no-todo” en esa ecuación?
La psicología nos recuerda que el deseo no es una meta, sino una brújula. No apunta a objetos concretos, sino a una falta estructural que nos constituye. Deseamos porque algo nos falta, y en esa falta se juega nuestra humanidad.
Pero el mercado, las redes y ciertos discursos de autoayuda nos invitan a desearlo todo: éxito, plenitud, productividad, amor sin fisuras. Como si el deseo pudiera colmarse. Como si el “no-todo” —ese límite, esa incompletud— fuera un error a corregir y no una condición a habitar.
El deseo de Midas: cuando todo se vuelve oro… y pérdida
El mito del Rey Midas nos ofrece una advertencia milenaria. Deseó que todo lo que tocara se convirtiera en oro. Y lo obtuvo. Pero en ese deseo absoluto, perdió lo esencial: no pudo tocar a su hija sin convertirla en estatua, ni alimentarse sin transformar la comida en metal.
El deseo sin límite, sin falta, sin “no-todo”, se vuelve trampa. Lo que parecía plenitud se convierte en aislamiento, en hambre, en muerte simbólica. Midas no deseaba oro: deseaba no desear más. Y eso, paradójicamente, lo dejó sin vida.
El “no-todo”: límite, potencia y cuidado
Desde el psicoanálisis, el “no-todo” no es una carencia negativa, sino una apertura ética. Nos recuerda que no todo puede ser dicho, alcanzado, poseído. Que hay zonas de sombra, de espera, de respeto por lo que no se domina.
En contextos de crisis —sociales, personales, institucionales— el deseo puede volverse voraz. Pedimos certezas, soluciones inmediatas, plenitud. Pero cuidado con lo que deseamos: a veces, en nombre del bienestar, podemos desear lo que nos aliena, lo que nos desconecta del otro, lo que nos impide pensar.
Deseo ético, deseo comunitario
¿Qué pasaría si en lugar de desearlo todo, deseáramos mejor? Si el deseo no fuera sólo individual, sino también comunitario. Si en lugar de buscar completud, aceptáramos el vacío como espacio de creación, de escucha, de vínculo.
En la práctica clínica, en la docencia, en la comunicación institucional, este giro es vital. No se trata de desalentar el deseo, sino de acompañarlo, de abrirle preguntas. Porque el deseo, cuando se vuelve ético, puede transformar realidades.



