Un artículo publicado en este diario días atrás (6/1) diagnosticaba la creciente importancia de la Inteligencia Artificial (IA) en el ámbito militar y alertaba sobre sus posibles consecuencias. Sin embargo, sobre la base de ese diagnóstico certero, se despliega un discurso muy habitual que coincide con la propaganda que China promueve sobre sí misma.En ese relato, Estados Unidos aparece como una potencia individualista y disruptiva frente a una China bondadosa que solo ofrecería bienestar global, herramientas comunes y la promesa de un futuro pacífico.Para sostener eso se suelen utilizar análisis críticos de expertos norteamericanos, como una forma de legitimar desde adentro los reproches chinos al rumbo que estarían tomando los Estados Unidos. Sin embargo, esto es así porque, en muchos países occidentales, existe una tradición de pensamiento crítico; académicos y especialistas tienen libertad para opinar a partir de la vigencia de la libertad de prensa y de expresión. Eso no ocurre en China.Al mismo tiempo, gran parte de los planes y declaraciones oficiales en Estados Unidos están sujetos al escrutinio público gracias al acceso a la información estatal. Sin ir más lejos, recientemente un joven bloguero en Minnesota logró destapar un fraude multimillonario apelando a estos datos abiertos. En contraste, el Estado del Partido Comunista chino se mantiene bajo una opacidad absoluta: allí la información es inaccesible y la realidad se oculta tras metáforas propagandísticas sobre la “armonía” y el “destino común”.El artículo al que hago referencia, sugiere que ya hay divergencias muy importantes entre las superpotencias sobre el uso de la IA. China estaría proponiendo regulaciones y consensos globales frente a los Estados Unidos que se negarían a aceptarlos sobre todo en cuestiones militares.Pero la verdadera posición ante el derecho internacional se observa, sobre todo, cuando no favorece a quien declama su obediencia. En el caso de China, resulta difícil suponer qué nuevas normas internacionales estaría dispuesta a cumplir cuando ya ha rechazado respetar las vigentes.Esto se vio en el rechazo al fallo del Tribunal de La Haya en el caso del Mar Meridional, que perdió ante Filipinas. Beijing incluso apeló a la fuerza —ocasionando víctimas fatales— en una relación militar asimétrica contra barcos pesqueros vietnamitas y filipinos. Asimismo, durante 2025, la infraestructura de Taiwán —incluyendo hospitales y bancos— enfrentó más de dos millones de ataques digitales diarios, lo que contradice cualquier retórica pacifista.Lo primero que hay que dejar claro cuando hablamos de Estados nacionales, y sobre todo de superpotencias que disputan la hegemonía global, es que lejos están de ser asociaciones benéficas. Ante todo, buscan satisfacer sus propios intereses y objetivos estratégicos. Plantear que existe una potencia intrínsecamente «buena» es una suerte de estafa intelectual.Por supuesto que la Inteligencia Artificial es un tema que requiere un debate global, más aún en cuestiones militares. Pero lo que está más urgente es que esa tecnología se aplica hoy más al control y la represión de las sociedades.En ese punto, la referencia a China no debería ser por la supuesta búsqueda de consensos globales, sino por el uso de la IA y otras tecnologías avanzadas para lograr la supresión de libertades y derechos humanos básicos, una cuestión que el relato naíf del «gigante responsable» prefiere omitir.Fernando Pedrosa es Director del Grupo de Estudios Sobre Asia y América Latina, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.

El mito de la China responsable: IA, poder y realidad | FM Avenida
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