“Cada vez que me siento al piano a tocar sola, me suelen retar porque me gusta tocar la música de otros más que la mía. No es que me guste tocar más la de los otros compositores, sino que siento una enorme, enorme admiración por los músicos que me han precedido, de los cuales aprendí tanto y a los que admiré tanto. Entonces, hoy, que tengo esta oportunidad de poder tocar para ustedes en esta casa preciosa, voy a hacer cuatro temas: Eduardo Falú, el Polo Giménez, José Dames y Yupanqui. Con el permiso de ustedes…”.Las palabras pertenecen a Hilda Herrera, pianista y declarada fanática de las zambas, figura fundamental en la consolidación del piano como voz protagónica del folclore argentino. Junto a Saúl Cosentino, fue homenajeada en la apertura de la temporada de conciertos de la Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto, bajo la dirección entusiasta de Lucía Zicos, en el Palacio Libertad.A los 93 años, Hilda Herrera se sienta al piano y sus versiones encendidas de Falú, Yupanqui, Polo Giménez y José Dames se escuchan cargadas de pulso, memoria y presente.Un gesto de modestia, y éticoSu explicación acerca de la elección de repertorio ajeno es un gesto de modestia, pero también ético. No es la renuncia a la autoría, sino la convicción de que el folclore es una cadena de transmisión, no un territorio para la firma individual.Hilda Herrera agradece el cariño del público.Sus versiones -A qué volver, Viejo corazón, Fuimos, Córdoba Norte- funcionan como artefactos de memoria activa. No reconstruyen el pasado: lo reactivan. Hay una propulsión rítmica seca, insistente, casi corporal, que recuerda que el folclore nació para moverse, más que para ser contemplado. El piano no adorna: empuja. En esa economía expresiva se filtran sus maestros: la sencillez rítmica de los Ábalos, la austeridad casi filosófica de Yupanqui. Nada de exhibicionismo armónico; todo está al servicio del pulso. La tradición para la pianista es un combustible con el que produce un destilado maravilloso. Su sencillez para encarar el repertorio folclórico al piano es tan austera como potente. El efecto es desarmante.Herrera piensa el piano como una orquesta comprimida: bajos densos, un registro grave cargado de sentido, una mano izquierda que dialoga con la melodía como si fuera otro personaje. Cada versión queda abierta, respirada, susceptible de variar. El instrumento no acompaña: narra.En las obras propias que precedieron su actuación -Al calor de la Tierra, Amanece despacito, La huesuda- el folclore se expandió sin perder intimidad, confirmando que la escala sinfónica no es una cuestión de volumen sino de profundidad. Las versiones contaron con arreglos de discípulos de Herrera, Andrés Pilar y Sebastián Gangi, y también fueron interpretadas por ellos, con el acompañamiento de la orquesta. Manuela Argüello puso su voz a La huesuda y realzó la hondura poética de la obra.Con Herrera, el piano es pensado como una orquesta comprimida.La segunda parte, de Saúl CosentinoLa segunda parte de la noche cambió de paisaje sin romper la continuidad conceptual. Saúl Cosentino propone el tango como sistema en tensión entre lo popular y lo académico. Su vínculo con Astor Piazzolla aparece como herencia estilística y también como método: apropiarse de las herramientas clásicas -fuga, contrapunto, canon- y reinsertarlas en la gramática del tango urbano.Tango barroco abrió el homenaje como una tesis: el tango puede pensarse desde el piano sin perder calle. El relato de Lucía Zicos sobre Piazzolla ungiendo a Cosentino como compositor, justamente a partir de Tango barroco, funciona como metáfora de una música que cruza fronteras sin pedir permiso.La participación del violinista Rafael Gíntoli como solista en La depre, acompañado por la orquesta de cuerdas, resaltó con su arte el pulso propio, intenso y expresivo del lenguaje de Cosentino. En El nuevo tango, el piano a cuatro manos revela lo más personal del compositor: un equilibrio entre rigor estructural y swing, en las manos de Diana Lopszyc y Daniel Goldstein. Natalia González Figueroa y Goldstein imprimieron a la versión a cuatro manos de Tango barroco, junto con la orquesta, un pulso rítmico vibrante. A ese clima se sumó Nuestra esperanza, con Nélida Sánchez y Goldstein.La segunda parte fue dedicada a Saúl Cosentino.Diana María fue parte del homenaje y, fiel a su personal modo de cantar, ofreció Sin tu mitad con una interpretación intensa y de fuerte impronta expresiva. Su tendencia a subrayar cada clima convive, sin embargo, con un carisma innegable.El cierre con Zamba de chaguanco, sumando charango (Rolando Goldman), percusión (Gabriel Said), guitarra (Matías Tozzola) y bandoneón (Horacio Romo), volvió a unir territorios en la circulación cultural.Herrera y Cosentino, desde estéticas distintas, demuestran que el pasado no pesa cuando todavía empuja hacia adelante.Homenaje a Hilda Herrera y Saúl CosentinoOrquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto.Lucía Zicos, dirección; Hilda Herrera, Diana Lopszyc, Andrés Pilar, Natalia González Figueroa, Nélida Sánchez, Daniel Goldstein y Sebastián Gangi, piano; Rafael Gíntoli, violín; Diana María y Manuela Argüello, voz. Palacio Libertad, Auditorio Nacional. 25 de febrero.

Hilda Herrera y Saúl Cosentino demuestran que el pasado no pesa cuando todavía empuja hacia adelante | FM Avenida
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