La historia colonial de Jamestown, Virginia, suele contarse a través del arribo de los barcos ingleses a las costas de Estados Unidos, la versión de los colonos y las tensiones con los pueblos nativos americanos. Pero a veces los detalles que más sorprenden no están en los viejos documentos, sino que se encuentran en un fragmento de hueso, un diente o una marca de cuchillo que quedó atrapada en el tiempo.Durante siglos se asumió que, en los primeros años de la colonia (fundada en 1607), los animales de carga “importantes” eran los caballos. No había registros claros de otras especies destinadas a actividades de carga y descarga de mercancías.Sin embargo, ahora un descubrimiento de la ciencia arrojaría luz sobre aquellos años. Y el dato viene con un giro dramático: un nuevo animal no solo fue parte del esfuerzo de la colonia, sino que terminó involucrado en uno de los períodos más oscuros del asentamiento: el oscuro invierno de 1609 a 1610 que hoy es recordado por su hambruna, cuando la desesperación empujó a los ingleses a decisiones extremas.Un estudio de zooarqueología publicado en Science Advances analizó restos de équidos encontrados en contextos tempranos de Jamestown, Virginia, y confirmó algo que los registros escritos no documentaban: además de caballos, los colonos ingleses también contaron con burros.La evidencia provino de huesos y piezas dentales recuperadas por el proyecto Jamestown Rediscovery, que luego fueron estudiadas con técnicas que combinan osteología, datación y análisis biomoleculares.La investigación buscó reconstruir el “origen” del animal y su trayectoria. Para eso, los especialistas aplicaron ADN antiguo y química isotópica en el esmalte dental, una herramienta que permite inferir dónde se crió un animal según las señales químicas que deja el ambiente en su organismo.Esa combinación llevó a una conclusión llamativa: el burro no habría salido de Gran Bretaña. La firma genética y los isótopos apuntan a un origen compatible con Iberia o África occidental, y el patrón también podría coincidir con una escala caribeña durante el viaje atlántico.Dicho de otro modo: los colonos ingleses podrían haber adquirido el burro en algún punto de su ruta, aprovechando las redes de intercambio. Esa posibilidad encaja con una idea más amplia sobre el siglo XVII: los viajes transatlánticos no eran una línea recta, sino un sistema de paradas para asegurar aprovisionamientos fundamentales para la tripulación. El “secreto” no termina ahí. Los huesos también contaron cómo se vivió en Jamestown. Las marcas de corte, fracturas y señales de cocción sugieren que caballos y burros fueron sacrificados, despostados y consumidos durante la hambruna devastadora del invierno de 1609-1610.En algunos restos se detectó incluso la apertura de piezas para extraer hasta los recursos nutricionales mínimos, una evidencia de desesperación que coincide con lo que narran los relatos sobre la crisis.Por otro lado, el desgaste y ciertos patrones óseos son indicios de que los animales fueron bridados o utilizados para trabajo, lo que refuerza la idea de que no eran simples “cargas” de viaje: eran herramientas esenciales para un asentamiento que intentaba sobrevivir.El hallazgo cambia algo más que una lista de animales. Obliga a repensar cómo se abastecía la colonia, qué contactos tenía, qué rutas usaba y hasta qué punto dependía de redes internacionales para sostenerse. Y, sobre todo, demuestra que la historia de Jamestown todavía guarda capítulos completos enterrados en su propio suelo.

Hallazgo histórico: nuevas pruebas genéticas revelan un terrible secreto oculto de hace 4 siglos en Virginia, Estados Unidos | FM Avenida
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