Ocurrió ayer pasadas las ocho de la noche. Íbamos en auto de Barracas a Flores, y este camino hacia el oeste de la Ciudad nos sorprendió con una alegría que no nos da el sol desde hace un mes.Cuando viajo con mi marido por la Ciudad, nueve de cada diez veces pasa esto. Yo subo al auto, miro mi teléfono o miro la calle, callada. Entonces él me pregunta por qué estoy tan callada. Le contesto que no tengo motivo para estar callada y ¡zas!, piso el palito.Me pongo a contarle algo sin importancia, a lo mejor una idea que se me ocurrió o un chisme familiar o alguna serie o libro. De pronto, otro coche se cruza delante de nosotros con una mala maniobra, una moto avanza en zigzag o un peatón medio borracho atraviesa la calle a los tumbos. Él hace un gesto de indignación y tal vez larga un improperio que se caracteriza por acabar en puntos suspensivos. Como es -milagro- bastante bien hablado, toda su bronca sale en la forma de: “¿Lo viste? Podés creer…” o “Mirá vos, si es manera de manejar…”Tal observación corta por completo mi relato y me quedo, literalmente, con la palabra en la boca. Hasta hace cosa de un año, luego de eso yo continuaba mi relato con paciencia, escalando otra vez el arco dramático de aquello que contaba. Con un poco de suerte llegaba hasta el final, pero en general se interrumpía por otra mala maniobra y lo único que puedo sacar en conclusión es que el tráfico es muy malo en Buenos Aires y a mi marido le importa tres bledos interrumpirme. Igual, no me quejo: peor sería que me prestara atención activa y nos lleváramos por delante a un delivery.Anoche pasó esto que voy a contar. Subo al auto, se suceden los pasos que conté antes. Que hablo poco, que cuento algo -cada vez más breve- y pasa un peatón o una moto y la atención se desvía. Y en ese instante vi la luz. Íbamos por Venezuela y parecía que a eso de ocho cuadras más adelante, brillaba una luz rutilante en lo alto de un edificio. Pero algo en mí me dijo que era una estrella. Mi marido porfió que no, y doblamos por avenida Independencia siguiendo hacia el oeste.La luz seguía ahí. ¿Qué edificio tiene una luz tan potente? ¿Con quién se comunica, con los extraterrestres? Un kilómetro después, le pregunté a la IA. (Todos dicen que la IA es el camino al abismo pero no tenía con quién quitarme la duda, lo siento.) Era Venus, que es un planeta, por supuesto, el más cercano a nosotros, y no una estrella.En estos días de agosto en nuestro hemisferio Venus se asoma brillando hacia el oeste y se queda durante un par de horas en la noche. Brilla tanto porque sus nubes reflejan el 75% de la luz del sol. Además, aprendí esto: las estrellas titilan y los planetas, no.Fue mi alegría de la noche. Y, por otra parte, imaginé a Venus con sus noches nubladas, y pensé en nuestros días sin sol en Buenos Aires y dije en voz alta: “Querida, bienvenida al club”. Llegamos a casa sanos y salvos.

Venus, siempre Venus | FM Avenida
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