Hay hilos invisibles que amarran la geografía de la historia y el destino de los pueblos, suturas poéticas que unen la llanura infinita de las pampas con el verde húmedo del condado de Suffolk. El fútbol y la tierra, las dos grandes religiones dinámicas en las que la Argentina se coronó campeona del mundo, volvieron a cruzarse en un destello perfecto.Una nota publicada en Clarín el jueves expone una imagen cargada de simbolismo: el futbolista tucumano Exequiel Palacios, campeón mundial y flamante refuerzo del Ipswich Town de la Premier League inglesa, posa sonriente junto a un tractor moderno y acaricia a un imponente caballo de raza Suffolk Punch. Es la heráldica viva del club apodado los “Tractor Boys”.Al verlo, el retrovisor de la memoria viaja 166 años hacia el pasado, cuando otro argentino caminaba por esas mismas tierras de la Revolución Industrial, rastreando el secreto mecánico que transformaría para siempre el suelo austral.Hacia 1860, un joven visionario llamado Eduardo Olivera (que por entonces estudiaba Agronomía en Grignon, Francia) recorría los senderos de Birmingham asistiendo al célebre Royal Show. Lo que presenciaba no era una mera muestra estática, sino una verdadera Exposición Dinámica precursora de nuestra moderna Expoagro.Allí, rodeado por el estruendo del vapor y el hollín, Olivera quedó petrificado ante un ingenio mecánico que desafiaba las leyes de la tracción tradicional. Fascinado, le escribió a su padre, Domingo Olivera, una carta que quedaría inmortalizada en su libro Misceláneas: «¿Se acuerda del arado de vapor? Bueno, ahora lleva dos rejas en lugar de una, y marcha a una velocidad de 50 yardas por minuto…».Aquel monstruo de hierro era el heraldo de una metamorfosis irreversible: la paulatina sustitución de los caballos por tractores y motores autónomos. Había asistido al nacimiento del tractor. Ese arado de vapor llevaba el sello inconfundible de Ransomes, la colosal fundición establecida en los talleres Orwell Works de Ipswich, el mismo rincón británico que hoy cobija a Palacios.Ransomes no era cualquier fábrica; fue la cuna de la reja autoafilante patentada en 1803, un hito que modificó la física agrícola al desgastarse de forma desigual gracias al hierro fundido endurecido, manteniendo el filo con el propio roce de la tierra. Aquella Revolución Industrial europea fue el combustible para la primera revolución en las pampas, la de la conquista territorial. Inspirado por esa inyección tecnológica, Olivera regresó a su patria, fundando en 1866 la Sociedad Rural Argentina para institucionalizar el progreso técnico del campo.El círculo de la historia es redondo como una pelota. La nota nos recuerda que Palacios, nacido en Famaillá —un pueblo tucumano moldeado por la agroindustria azucarera y la actividad citrícola—, no es el primer argentino en ligar su destino a los “Tractor Boys”. Décadas atrás, el mismísimo Javier Zanetti se ganó el apodo eterno de “El Tractor” gracias a su despliegue físico incombustible, una potencia semoviente que parecía clonada de aquellas viejas máquinas de la Inglaterra de Dickens.Hoy, ver a Palacios junto a un ejemplar Suffolk Punch —la raza de tiro más antigua de Inglaterra, antecesora directa del tractor mecánico— es contemplar un poema histórico. Del arado a vapor de Ransomes que asombró a Olivera en el siglo XIX al motor del mediocampo de la Scaloneta en el siglo XXI, la Argentina demuestra una continuidad identitaria inquebrantable.Lo mágico es que en la Argentina hace 30 años le dimos muerte al arado y le dimos cristiana sepultura. La siembra directa es lo nuevo y nuestro país es el líder mundial de la agricultura sin laboreo, preservando los suelos y mejorando la captura de carbono. Con los mismos tractores, pero menos… Progreso sustentable. La Segunda Revolución de las Pampas.Somos la fuerza de la tierra y la magia del potrero; dos pasiones campeonas que maduraron con el sudor del trabajo y siguen desparramando emociones en las grandes potencias del mundo.

De las Pampas a Suffolk: El motor eterno del talento argentino | FM Avenida
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