Pensar el apocalipsis, el fin del mundo es siempre una posibilidad vigente. Cíclicamente volvemos a ese momento en el que surge como una disolución gracias a una magia oscura. Angustiante y demoledora. Una sensación que puede llevar a un deterioro permanente de la existencia que se encuentra en espera de ese impacto final. Ni asteroides ni cometas, tampoco terremotos, tsunamis o inundaciones llegaron o lograron destruirnos. Ahora la hecatombe esperada es invisible: viene con el desarrollo hípertecnológico aceleradísimo de los últimos años. Y ahora nos enteramos que los principales ejecutivos de OpenAI, Anthropic y otras empresas de inteligencia artificial están analizando cómo responderían si la tecnología provocara un incidente catastrófico.Todo concuerda con el desarrollo de una estética del fin del mundo o apocalíptica. Una corriente que cruza el mundo de las artes, de la filosofía y de la ficción. También el de las ciencias duras, aunque con nombres alarmistas poco transparentes. La fascinación que genera la idea la destrucción total es la que cruza el imaginario de varios protagonistas que trabajan en grandes empresas de IA y que deciden irse después de haber facturado lo suficiente como para construirse un búnker antiapocalipsis o pensar en la, aún, fantasía de mudarse a la Luna o a Marte. También supimos que la Comisión de la revista británica The Lancet sobre amenazas globales para la salud identificó dos riesgos con potencial de extinción antes de 2100: el uso malicioso de la IA y un conflicto nuclear.Esta visión morbofatalista se manifiesta de diversos modos. Por ejemplo con el turismo de guerra que consiste en visitar sitios que estuvieron en guerra o que todavía pueden estarlo como algunas ruinas ucranianas. Antes pasó en Sarajevo, Chernobyl o Hiroshima. Y no olvidemos la perversa actividad de los turistas que viajaban a la exYugoslavia a participar de safaris en las que le disparaban a humanos que trataban de huir de ese escenario bélico. La Fiscalía de Milán investiga desde noviembre si en el asedio de Sarajevo, en el que más de 11.000 personas fueron asesinadas, hubo italianos y extranjeros que pagaron por disparar a los cercados por las milicias serbobosnias desde las colinas que rodean la ciudad.“Espectáculo apocalipsis” es el estudio de la investigadora española Teresa Gómez Trueba sobre el auge de lo que ella misma ha denominado estética apocalíptica en la narrativa española del siglo XXI. Analiza casos catastróficos como el 11-S, declives económicos, la pandemia o la guerra entre Ucrania y Rusia. Ella explica que nos hallamos ante un estado de crisis y terror generalizado que se ha visto reflejado en una profusión de relatos apocalípticos a menudo herederos de la ciencia ficción tradicional y que han estimulado la valoración del género.Esta sensación no es nueva, el historiador Patrick Boucheron sostiene que, desde el presente se estudió al año 1000 como una fecha mágica, que el Apocalipsis de San Juan, consideraba como un momento de posible cambio, o incluso del fin del mundo. “Nadie sabía qué era el año 1000, pero el milenarismo existe y sabemos que este miedo fue una invención de los historiadores”. El miedo se reavivó con la llegada del año 2000. Pero no temíamos el fin del mundo, sino a que las computadoras enloquecieran y que nada volviera a funcionar. Boucheron dice que muchas veces en la historia pensamos que estamos describiendo miedos de las sociedades antiguas cuando en realidad proyectamos nuestros propios temores sobre el mundo antiguo.Todas las advertencias de las artes sobre el cataclismo fueron tomadas como ficciones de un artista, nadie creyó que había que tomarlo en serio.

Fascinación por el apocalipsis | FM Avenida
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