Decir que Nada especial, de Nicole Flattery, es una novela de iniciación no alcanza a contener la dimensión de su historia. La obra no solo narra la vida de una adolescente, sino que recorre el lado en sombras del mundo de Andy Warhol. Es justo en ese borde menos espectacular donde encuentra la potencia suficiente para subir el volumen de una vida, incluso en aquellas vivencias que parecen destinadas al fracaso.Desde un presente solitario, Mae regresa al geriátrico para buscar las pertenencias de su madre, que acaba de morir. Nunca tuvieron un buen vínculo; por eso, Mae se sorprende al encontrar a otros residentes conmovidos ante el video de esa mujer que ellos perciben como encantadora. ¿Qué ven los demás que ella no pudo ver? Ese interrogante la empuja de regreso a su adolescencia en la década del 60.En los primeros capítulos, todo indica que se trata de una novela de aprendizaje. Mae vive en Nueva York con su madre alcohólica y Mickey, la pareja de esta última, un poeta frustrado y sensible. Él funciona a menudo como el lazo entre ambas y acerca a la joven al mundo del cine y los libros; sin embargo, resulta demasiado endeble para contenerla o adoptar un rol paterno. Mae, por su parte, quiere algo más: sufre la exclusión de sus amigas mientras desarrolla una mirada original que no se deja atrapar por los imperativos del entorno. Sin dramatismo ni euforia, la narración consigue transmitir la emoción de lo cotidiano. Hay una precisión notable en sus frases, una agudeza emocional que retrata el impacto de hitos como conseguir un empleo, la primera relación sexual o el aprendizaje de los códigos de seducción.En medio de esa rutina, la trama toma un desvío: por azar, Mae consigue trabajo como mecanógrafa en una galería de arte. Deja la escuela y, a los 16 años, le asignan la tarea de desgrabación: debe tipear las cintas de un artista, de conversaciones con amigos. No hace falta investigar demasiado para asociar estas escenas con la experiencia real de Andy Warhol en “The Factory”, su célebre estudio fundado en 1963. En ese espacio mítico, el artista creó el dispositivo para un libro que no escribió de puño y letra. Su método fue más disruptivo: grabó el entorno íntimo, las fiestas y las charlas que a veces derivaban en orgías y otras en tragedias. A partir de ese material, cuatro mecanógrafas compusieron de manera textual a, A Novel. Flattery imagina la vida de dos de ellas: Mae y Shelley.La relación entre ambas es central, se hacen amigas y se ven afectadas por la tarea que hacen de modo tal que sus vidas se transforman radicalmente. Más aún, al intervenir en el pasaje –nada lineal– de la oralidad al texto, sus subjetividades comienzan a filtrarse en el registro. Si la novela parecía una historia de iniciación, en este punto la trama se desdobla. Leemos el crecimiento de Mae y el modo en que las cintas y la vida en la galería cambian su perspectiva, y en un segundo plano central las experiencias del grupo registrado por Warhol. La dos empleadas registran los detalles tan mínimos como esenciales que las llevan, sin querer, a dibuja una biografía borrosa, pero vehemente de ese arte pop que revolucionó el quehacer estético.Uno de los aciertos de la historia es el valor que otorga a la amistad. Ni la familia ni el amor funcionan como red para Mae; es el vínculo con Shelley el que le permite habitar el presente con otra consciencia sobre el trabajo que hacen y el valor de las cintas que desgraban. A la par, el registro de Warhol y su círculo expone la complejidad de relaciones capaces de habitar las sombras y permitir la mayor libertad. En ese sentido, la novela dialoga con Éramos unos niños, donde Patti Smith narra su relación con el fotógrafo Mapplethorpe. Ambas se preguntan por el valor del arte y la originalidad, dejando claro que una mirada singular sobre el mundo sólo es posible gracias a los amigos: esa red capaz de resistir los vaivenes de la tarea de crear.Nada especial, Nicole Flattery. Traducción de Paula Galíndez. Eterna Cadencia, 264 págs.

El otro lado de Andy Warhol | FM Avenida
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