El domingo, la vimos un poco de casualidad. Habíamos ido en auto a dar la vuelta al Indio. El paseo que todo madrynense conoce de memoria aunque, como yo, se haya ido del pueblo hace tres décadas.Es así: si una no maneja, encuentra alguien que conduzca y tenga tiempo. Le pide por favor. El auto debe recorrer la costa hacia el sur; después, encarar la subida de Punta Cuevas y, una vez arriba, girar lentamente alrededor del monumento. Desde la altura, se pueden ver la ciudad y el golfo. El paisaje, en cada oportunidad, es diferente, nunca cansa.Esta vez, mientras el auto giraba, yo pensaba en un poema de Viviana Ayilef:“Un indio mira desde su enorme estatura / hacia el mar en Puerto Madryn / parece de otro pueblo su cuerpo / “la intención estuvo” podríamos pensar / pero por qué siempre pasa que cuando nos toca / se equivocan”.Quería hablarles del poema a mis compañeros de paseo. No lo hice, en parte, porque no sé citar de memoria y la poesía, creo, es pura materia. En parte, porque en el medio del giro nos interrumpió la luna, recién asomando en el horizonte. Naranja, asombrosa. Encontramos un lugar donde estacionar y caminamos en el viento.Uno de mis amigos miraba alternativamente la luna y su teléfono: le mandaba un mensaje a su hijo para que no se la perdiera. Yo miraba la luna, lo miraba a él escribir ese mensaje amoroso a un hijo veinteañero y pensaba que también para mí semejantes color y tamaño eran algo para compartir.Quería avisarle a mi mamá, pero no le escribí porque solo sabe atender llamadas. Además, para verla desde su departamento, hubiese tenido que subir a la terraza, a su edad, a esa hora, con ese viento.Ella había estado esperando la luna llena. Tenía marcada la fecha en su calendario. Unos días antes, nos la había mostrado. La uña que va creciendo hasta el círculo completo y la plenitud que, por varios días, solo mengua imperceptiblemente.Les había prometido a los nietos un picnic nocturno.Es verdad que algunas veces promete y después no puede. A los 81, algunos días son largos en exceso y otros días –o noches–, no alcanzan para todo. No alcanza el tiempo o no puede el cuerpo.Sin embargo, esta vez parecía decidida. Por esa luna naranja, mi mamá estaba dispuesta a tomar un ibuprofeno, olvidarse del dolor de las piernas y estar, a las diez, de picnic con los nietos.A la noche siguiente, ya preparados –empanadas, ibuprofeno, abrigo– salimos.Estacionamos y, como la noche anterior, caminamos en el viento. La vi avanzar despacio pero decidida hasta la parecita de cemento que nos separaba del acantilado. Comimos empanadas.Esperamos. Ni Google, ni la IA, ni el diario local habían acertado el horario. Eran las 22:58 y estábamos por volver a casa, cuando alguien gritó: “Ahí”.La vimos. Primero solo una rayita y, enseguida, el gran globo naranja, apenas menguado, el camino de luz en el mar.

Pícnic de luna llena en Puerto Madryn | FM Avenida
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