El video mostró lo impensado: bolsas y envases plásticos convertidos en un líquido comparable a gasolina, diésel y otros derivados. El protagonista es Julian Brown, un joven de Atlanta, que afirma haber creado un dispositivo capaz de transformar residuos plásticos en combustible mediante un proceso de descomposición térmica, con un método de calentamiento que, según su explicación, busca ser más eficiente que los sistemas tradicionales.Brown comenzó a trabajar con la idea durante su adolescencia, con un enfoque autodidacta. La primera etapa estuvo marcada por pruebas de laboratorio caseras: elegir qué tipos de plástico usar, triturarlos, controlar temperatura y, sobre todo, evitar la combustión directa, que arruina el proceso y aumenta el riesgo.En esos intentos iniciales, el objetivo no era producir litros y litros, sino demostrar que el plástico podía descomponerse de manera controlada y que los vapores generados podían condensarse para formar líquidos aprovechables. La evolución fue incremental: ajustes de sellado, mejoras en cañerías, cambios en cámaras de calentamiento y correcciones ante fallas.El principio detrás del invento se apoya en la pirólisis, un proceso conocido por el cual un material orgánico se calienta en ausencia (o con muy poco) oxígeno. En lugar de “quemarse”, el polímero se rompe en cadenas más cortas y genera una mezcla de gases y vapores que luego pueden condensarse.Lo que Brown presenta como diferencial es el modo de aporte de energía: en su relato, el calentamiento se realiza con microondas para mejorar el aprovechamiento térmico. En la práctica, eso implica mantener una cámara cerrada, calentar el material y conducir los vapores hacia un sistema de enfriamiento, donde se obtienen líquidos por condensación. El detalle clave, aquí, es el control: temperaturas inestables o ingreso de oxígeno pueden generar combustión, humo tóxico o incluso explosiones.El salto a la viralidad llegó cuando Brown compartió avances y demostraciones en redes. El formato “antes y después” -basura plástica que termina como combustible- encajó perfecto con el clima cultural de 2025: preocupación ambiental, desconfianza en soluciones lentas y fascinación por inventos fuera del circuito tradicional.Esa exposición masiva, sin embargo, amplificó preguntas técnicas. Una de las principales es la calidad del combustible: no todo líquido obtenido por pirólisis es apto para motores sin refinación adicional. También surgió el debate sobre emisiones, subproductos y seguridad de operar un sistema térmico con vapores inflamables en entornos no industriales.Para avanzar, Brown impulsó su proyecto bajo una startup (NatureJab) y buscó financiación para profesionalizar el desarrollo. El paso que falta no es menor: validaciones independientes, pruebas repetibles, controles de calidad, y protocolos de seguridad equivalentes a los de una planta piloto.En la práctica, convertir un prototipo en una solución escalable requiere ingeniería de procesos, certificaciones, manejo de residuos y evaluación ambiental. Es decir: el dispositivo puede inspirar, pero para volverse una herramienta pública necesita pasar del entusiasmo a la verificación.La noticia instala una idea atractiva: recuperar valor de un residuo que hoy asfixia ciudades y océanos. También obliga a mirar el lado incómodo: sin controles y sin auditorías, la tecnología puede ser peligrosa, y la viralidad no reemplaza la evidencia.Si el proyecto evoluciona con pruebas transparentes, puede aportar al debate sobre reciclaje químico y alternativas al vertedero. Si se queda en la demostración, quedará como símbolo de una época: el deseo de que una solución simple transforme un problema gigante.

Un joven creó un dispositivo experimental que transforma los desechos plásticos en gasolina, diésel y queroseno de aviación | FM Avenida
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