Para Lindsay Karp, las vacaciones infantiles tenían un escenario muy concreto: la costa de Nueva Jersey. Su bisabuela y otros familiares vivían allí, por lo que cada verano pasaba una semana junto al océano. Recuerda las tablas de boogie, los castillos de arena, los sándwiches en la playa, las luces del paseo marítimo y los helados después de un día junto al agua. Era, según ella, su “lugar mágico”.Cuando tuvieron sus propios hijos, Karp y su marido intentaron reproducir aquella tradición. Durante ocho años cargaron el automóvil con bolsos, juguetes de playa y todo lo necesario para viajar con niños pequeños. Sus hijos disfrutaban del mar y para ella era una forma de regresar a los recuerdos de su infancia, pero con el tiempo la experiencia comenzó a resultar agotadora.Cuando los niños tenían nueve y seis años, la familia decidió probar algo completamente distinto. Su marido disfrutaba especialmente del senderismo y Karp buscaba un destino más fresco y tranquilo. Eligieron las montañas Catskill, a unas tres horas de su casa, una distancia prácticamente igual de accesible que la costa.La primera visita fue durante el verano de 2020. En plena pandemia, las montañas les permitían cambiar de paisaje sin necesidad de acercarse demasiado a otras personas. Pensaron inicialmente que sería una buena alternativa para aquel momento excepcional. Pero apenas regresaron a casa quisieron volver.Desde entonces visitan las Catskills varias veces al año y en distintas estaciones. Andan en bicicleta junto al embalse Ashokan, nadan en Peekamoose Blue Hole, recorren las tiendas de Woodstock y comen en algunos establecimientos que ya se convirtieron en parte de la rutina familiar.En octubre suelen visitar Bethel Woods, el lugar vinculado al festival de Woodstock de 1969, durante un evento en el que se exhiben miles de calabazas talladas. En invierno caminan entre la nieve. Mientras su marido y sus hijos salen de excursión, Karp también puede disfrutar de la tranquilidad del entorno.Con tantas visitas, el destino dejó de sentirse como un lugar turístico. Karp asegura que desde aquel primer viaje sintió que estaban llegando a “nuestro segundo hogar”.Karp no reniega de las vacaciones diferentes ni descarta regresar a la playa. La costa de Nueva Jersey seguirá vinculada a sus propios recuerdos de los años 90. Pero ahora quiere que sus hijos tengan también un escenario capaz de transportarlos de inmediato a la infancia cuando sean adultos.Espera que recuerden las piscinas de las casas alquiladas bajo el atardecer, las rutas en bicicleta junto al agua, las caminatas por la nieve y los malvaviscos asados alrededor del fuego durante las noches frías de octubre.Su objetivo no es conocer un destino nuevo cada año. Es precisamente lo contrario: repetir lugares, rutas y pequeños rituales hasta transformarlos en recuerdos familiares.Karp espera que, cuando sus hijos crezcan, las Catskills les produzcan la misma sensación que todavía experimenta ella cuando piensa en aquellas vacaciones frente al océano: que ese lugar les siga pareciendo “maravilloso y perfecto”.

"Mi familia de cuatro personas visita el mismo lugar de vacaciones varias veces al año; espero que mis hijos lo recuerden con cariño" | FM Avenida
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